Deysi Romero:

Raíces, Café y Coraje

Soy Deysi Romero, y mi vida está entrelazada con la tierra y el café.

Mi historia comenzó en la infancia, cuando, junto a mi madre, cortábamos café bajo el sol. No me gustaba entonces, pero hoy entiendo que aquel esfuerzo sembró en mí el amor por lo que ahora es mi pasión. Mi madre, con sus doce hijos, nos enseñó que el café y las tortillas eran nuestro sustento, y que la leche materna siempre era solamente para el más pequeño. Así aprendí el valor de la perseverancia y el sacrificio.

Mi esposo empezó a trabajar estas tierras en 1990, y aunque al principio no eran suficientes, poco a poco fuimos creciendo. Cuando él falleció en 2007, me dejó solo 3 hectáreas. Pero yo, con el corazón en la tierra, no me detuve. Hoy, mi finca abarca 17 hectáreas, un legado que he construido con mis propias manos y el apoyo de mis hijos en las temporadas más intensas. Ellos, aunque tienen sus propios caminos —uno es profesor de ciencias naturales, otro opera maquinaria pesada y mi hija es médica—, siempre regresan para echar una mano cuando el café lo requiere.

Cultivo variedades como Geisha y Parainema, y aunque aún conservo algo de Catuaí, la roya me ha obligado a reemplazarlo. Mi finca, a 1,750 metros de altitud, está rodeada de árboles frutales como durazno, mandarina, guineo y mango, que no solo me dan sombra, sino también alimento y diversificación. Todo aquí es orgánico: uso gallinaza, pulpa de café y abono natural para cuidar la tierra que me da de comer.

El café es mi vida. Los médicos dicen que no debo tomarlo en exceso, pero para mí es energía pura, mi motor diario. Lo bebo sin azúcar, como un ritual sagrado que me conecta con la tierra y con mis raíces. Y aunque antes solo producía café lavado, hoy también experimento con naturales y honey, buscando siempre mejorar la calidad y diversificar.

Mi finca no es solo café. Aquí también cuido flores con amor: coronas de
Cristo, hortensias, claveles, anturios y orquídeas moradas. Cada una de ellas
es un recordatorio de que la belleza y el trabajo van de la mano. Y aunque no
soy de primera generación —mi esposo fue quien inició este camino—, llevo desde
2007 dedicándome a esto con el mismo coraje que me enseñó mi madre.

Tengo metas claras: seguir expandiendo el Geisha y el Parainema,
porque sé que son variedades que dan resultados excepcionales. Y aunque el
camino no ha sido fácil, cada grano de café que produzco lleva consigo el
sudor, el amor y la historia de una mujer que, como muchas otras, ha convertido
el café en su razón de ser.

Te invito a visitar mi finca, a probar un café cultivado con pasión y a
sentir el aroma de la tierra que me ha dado tanto. Aquí, entre árboles y
flores, el café no es solo un cultivo: es mi vida.

 

Datos de la finca

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