Ebin Castillo
Finca El Matazano
Vivo en una región donde el aire huele a tierra mojada y a café recién cortado.
El Matazano no es solo el nombre de mi finca, sino un pedazo de mi
historia. Cuatro hectáreas que, aunque pequeñas, guardan el esfuerzo de años y
el sueño de un futuro mejor. Aquí, a 1.600 metros de altitud, el clima es
fresco, casi perfecto para el café, pero no por eso menos exigente. Los árboles
de guamo y algunos maderables, aún jóvenes, dan sombra a mis plantas, mientras
que las frutas las cultivo en otro terreno. No hay espacio para lo superfluo:
todo debe servir, todo debe sumar.
El café llegó a mi vida casi por casualidad. Mis padres se dedicaban más a
la agricultura tradicional: hortalizas, papa, lo típico de la zona. Pero el
café, aunque ellos solo tenían unos cuantos "palitos de indio" para
consumo propio, me llamó la atención. Era más sencillo, requería menos mano de
obra y, sobre todo, prometía un rendimiento que otros cultivos no podían
igualar. Así que decidí apostarle. Y no me equivoqué: hoy es mi principal
fuente de ingresos. No es solo el dinero, sino la satisfacción de ver cómo, con
poco mantenimiento gracias a la excelente ubicación de mi tierra, se puede
lograr una calidad que enorgullece.
En temporada alta, mi hijo —el varón— se une a mí en el trabajo. También
cuento con tres personas más, vecinos de toda la vida, gente de confianza con
la que no hace falta explicarlo todo: saben lo que hay que hacer y lo hacen
bien. Entre todos, cortamos, seleccionamos y preparamos el café con esmero.
Tengo un beneficio húmedo en casa, sencillo pero funcional, donde preparo mis
micro lotes. Por ahora, solo trabajo con procesos lavados, pero el sueño es
seguir experimentando, creciendo, mejorando.
Fuera de la finca, el ganado ocupa un lugar especial en mi corazón. Tengo
algunas cabezas, tanto para leche como para carne, más que nada para el consumo
en casa. Pero si hay algo que me llena de orgullo es ser parte de AproCafé. Soy
el presidente de la organización a nivel municipal, una responsabilidad que no
tomo a la ligera. Somos 700 productores en el municipio, divididos en 12
juntas, y a mí me tocó representar a todas ellas. Es gratificante: las
capacitaciones, el asesoramiento, el sentir que juntos podemos lograr más. Y no
soy el único: en todo el departamento de Lempira somos 28 presidentes como yo,
cada uno aportando su granito de arena.
El café, para mí, es más que un cultivo. Es una forma de vida. Es el aroma
que me despierta por las mañanas, el sudor de la frente al mediodía y la
satisfacción al final del día. Es la herencia que quiero dejarle a mis hijos,
pero también el legado que quiero construir con mis vecinos y compañeros.
Soñamos con más micro lotes, con mejor calidad, con un futuro donde el café de
El Matazano sea reconocido no solo por su sabor, sino por el esfuerzo y la
pasión que hay detrás de cada grano.
Y aunque los desafíos no faltan —el clima, los precios, la mano de obra—,
sigo adelante. Porque al final, "el café no se siembra, se hereda". Y
yo quiero que mi herencia sea de las que perduran.
Datos de la finca
Altura
1600 metros
Variedades
IH-Café 90
Lempira
Catuaí
Obata
Sombra
Guamo, maderables