Omar Orellana:
Café, Bosques y Sueños
"El café me ha dado la oportunidad de crecer, de ayudar a mi familia y de invertir en mi tierra y comunidad".
El camino hacia las fincas de Omar Dolores serpentea entre bosques
naturales y el aire fresco de las montañas de Honduras. A 1,800 metros de
altitud en la finca Cangual y entre 1,330 y 1,550 en El
Cerrón, el paisaje se llena de pinos, guamos y pepetes, árboles que ofrecen
sombra a sus cafetales.
Aquí, entre la neblina matutina y el canto de los
pájaros, Omar cultiva sus variedades: Parainema, IH-Café 90 y Catuai,
granos que ha seleccionado con cuidado para resistir los caprichos del clima y de
la roya.
Raíces en la tierra y el corazón
La historia de Omar con el café comenzó cuando era solo un niño de 13 años,
cortando granos bajo el sol. "Mis abuelos cultivaban café del indio, solo
para consumo propio, no para vender", recuerda. Sus padres, sin embargo,
no eran caficultores; eran empleados que trabajaban para otros. Pero Omar, con
determinación y una semilla en la mano, decidió sembrar su propio futuro.
"Con el dinero que gané cortando café, compré tres tareas de tierra.
Luego, con cada cosecha, compré un poquito más". Así, poco a poco, su
finca creció: primero media hectárea, luego más, hasta convertirse en lo que es
hoy: un legado de trabajo y pasión.
Aunque en realidad es un productor de primera generación, el café fluye en
su sangre. Y aunque no usa químicos ni pesticidas, aún no tiene
certificaciones. "La tierra me da, y yo cuido de ella", dice con
sencillez.
Entre bosques y cafetales
Las fincas de Omar están envueltas en la naturaleza. Los bosques naturales
que las rodean no solo protegen sus cultivos, sino que también son el hogar de
una biodiversidad que él respeta y valora. "Aquí hay mucha sombra, y eso
es bueno para el café", explica. No hay árboles frutales, porque el café
crece entre los bosques, en armonía con el entorno. La cosecha comienza en
noviembre en las partes bajas y se extiende hasta mediados de marzo en las
zonas más altas, donde el clima es más fresco y el café madura más lentamente.
Omar no solo es caficultor, sino también alcalde de Dolores desde
2014. Su amor por la comunidad es tan palpable como su amor por la tierra.
Organiza campeonatos de fútbol con 12 equipos participantes, buscando dar a los
jóvenes un propósito, energía positiva y un futuro alejado de los caminos
equivocados. "Quiero que tengan oportunidades, que sientan que su vida
tiene sentido", comenta.
El café como motor de cambio
Para Omar, el café es más que un cultivo: es un símbolo de calidad y
orgullo. "Todo lo que produzco es de calidad, y siempre separo lo mejor
para obtener un precio diferenciado", dice. Su meta es clara: lograr
un gran lote natural, quizás con el apoyo de Cafesmo.
Pero su visión va más allá de los granos. "El café me ha dado la
oportunidad de crecer, de ayudar a mi familia y de invertir en mi tierra y comunidad".
Su experiencia como ingeniero agrónomo le ha permitido
manejar su finca con conocimiento técnico, pero su verdadero aprendizaje vino
de años más lejanos. Entre 2010 y 2013, Omar vivió en Liberia y Sierra
Leona, trabajando con la iglesia católica para educar a jóvenes y sacarlos
de la guerrilla. "Fueron años increíbles, llenos de amor y cariño al
prójimo, pero también de momentos de desesperación y temor", recuerda. Una
vez, mientras construían una parroquia, descubrieron una granada que casi
estalla. El proyecto se canceló por el riesgo de minas y explosivos, pero esa
experiencia marcó su vida para siempre. "Aprendí el valor de la
resiliencia y la importancia de dar esperanza a los demás".
A su regreso a Honduras, aplicó esas lecciones en su comunidad.
"Intento poner en práctica lo que viví en África: dar amor, apoyo y
oportunidades a quienes más lo necesitan".
Familia y futuro
Omar es un hombre de familia. Sus hijos, aún en edad escolar, son su mayor
alegría. "Me encanta compartir mi tiempo libre con ellos", dice. Sus
hijos son su motor, y aunque el café ocupa gran parte de su vida, siempre
encuentra un momento para estar con ellos.
Su historia es un ejemplo de cómo el café puede ser más que un medio de
subsistencia: puede ser una herramienta para transformar vidas y comunidades.
"El café me ha dado mucho, pero yo quiero dar más", dice. Y en Cangual y El
Cerrón, entre los bosques y los cafetales, sigue construyendo ese sueño.
Un legado en crecimiento
Hoy, Omar mira hacia el futuro con optimismo. Quiere seguir mejorando la
calidad de su café, experimentar con nuevas técnicas y, sobre todo, seguir
siendo un pilar en su comunidad. "El café es mi pasión, pero mi verdadera
misión es ayudar a los demás a crecer", concluye.
En las montañas de Honduras, Omar Orellana no solo cultiva café: cultiva
esperanza.
Datos de la finca
variedades: